Arte divino-humano

Quiero ofrecerte en respuesta a tus interrogantes sobre la oración, un consejo bien sencillo, pero de mucha importancia. Perdona el interrogante, ya sé que no es lo más corriente dar respuestas con preguntas, pero los que tenemos costumbre de orar, también podemos caer en errores y rutinas, y ponernos ante Dios sin más, y la oración hay que prepararla como se preparan los ingredientes de un plato, aunque lo hayamos cocinado muchas veces. ¿Dejas que el Señor lleve la iniciativa en tu oración?

La oración es un intercambio del alma con Dios. Por qué no expresarlo con toda claridad: la oración es una conversación con Dios, y conversar es un arte, en este caso es un arte divino-humano.

No tengo que recordarte a ti, que tocas con destreza varios instrumentos, que la música es el arte divino. Pues permíteme servirme de ella para ilustrar mi consejo. Igual que una buena conversación es; escuchar, hablar y escuchar, la música es silencio, sonido y silencio. Cuando es sonido entre otros muchos, sin orden ni concierto solemos decir que es ruido y no música. ¿Comprendes esto bien, trasladado a la oración? Oído, boca y oído; quizá por eso tenemos dos receptores y un solo emisor. La música es el arte de combinar bien los sonidos y el tiempo rítmicamente. Entre nota y nota, por ágil que sea el movimiento, hay un breve espacio de tiempo, entre cuerda y cuerda, entre cuerpo y cuerpo, entre voz y voz igual. Si nos fijamos en una gran orquesta, veremos los metales esperando que la madera ejecute su fragmento de la obra, o a la inversa. Cuando todos ejecutan juntos hay armonía, sintonía y un gran respeto al ritmo que acelera o pausa el director.

En la oración hay que tener muy claro que el director es Dios, al que hay que decirle siempre como el pequeño Samuel: ¡Habla Señor, que tu sirvo escucha! (1 Sam. 3,9) y saber interpretar los sonidos y silencios, acallando el alma para que empape, absorba, esponje lo que Él quiere. Para este ejercicio es imprescindible que todas las facultades estén bien despiertas, los cinco sentidos alerta, para no perder ninguna propuesta, ningún matiz.
Al Señor hay que dejarle siempre la iniciativa en el diálogo, porque la oración no consiste principalmente en hablar a Dios, y mucho menos hacer monólogos de nuestras preocupaciones e inquietudes, o de nuestra imaginación, es mejor dejarle la iniciativa, darle preferencia, abrir espacios… es mucho más interesante y enriquecedor, estar conscientes en su presencia y escucharle.

La oración es siempre renuncia a disponer de uno mismo, es desposeerse, abandonarse por completo en Él, para que disponga con su poder y voluntad de todo nuestro ser por puro amor.

La oración, pues, es el arte de conversar con Dios, haciendo de nuestros encuentros con Él arte divino-humano.

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Hablar con el amado

Cuando uno ama, quiere hablar todo el tiempo con el ser que ama, o al menos mirarlo. Podría ser esta una definición de la oración. Porque la oración no es otra cosa que el intercambio entrañable y familiar con nuestro muy amado Dios. Se le mira, se le ama, nos ponemos en sus manos, y le decimos reiteradamente que en ellas queremos vivir y hasta morir.
Sin esta experiencia no sé si se podrá rezar. Es propio de la amistad conversar con el amigo. Luego la conversación del hombre con Dios se hace mediante la contemplación.

Cuenta el Padre Arrupe:
“Recuerdo que me llamaba mucho la atención el ver a una catecúmena que se pasaba horas muertas arrodillada ante el Sagrario… En un momento en que me dio pie para ello con una de sus frases, le pregunté:

– ¿Que hace usted tanto tiempo ante el sagrario?
Sin vacilar me respondió: Nada.
– ¿Cómo que nada? -insistí- ¿Le parece a usted que es posible permanecer tanto tiempo sin hacer nada?
No estaba preparada para ese juicio de investigación, por eso tardó más en responder. Al final abrió los labios y me dijo:
– ¿Que qué hago ante Jesús Sacramentado? Pues… ¡estar!
Y volvió a callarse.

Estar. Qué poco nos parece y qué importante es estar.

Ponerse a tiempo indefinido delante del Señor, mirándole y dejándome mirar, hace que cambien muchas perspectivas de mi vida, “Cómo cambian las ideas cuando las rezo” que decía G. Bernanos.

Seguro que si te pones delante del Señor con la misma actitud que tienes en relación con la persona amada, deducirás rápido la que deberías tener en tu relación con Dios; un deseo más vivo de estar en su presencia, de hacer su voluntad, que nunca es caprichosa, de evitar toda preocupación innecesaria… ¡Si tuvieras nostalgia de Dios como tienes nostalgia de tu amado! ¡Si tuvieras en todo momento la capacidad de liberarte de todo lo que te separa de él como intentas suprimir todo lo que se interpone entre vosotros! Seguro que no te resultaría difícil hacer oración. Inténtalo, que siempre merece la pena entrar en relación con el amado. Y este Amado es muy especial.

Un abrazo y ponte en su presencia, cuanto más mejor.

Ángel-Daniel

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