Un diálogo amoroso

¿Qué es Orar? La oración es buscar a Dios, es ponernos en contacto con Dios, es encontrarnos con Dios, es acercarnos a Dios. Orar es llamar y responder. Es llamar a Dios y es responder a sus invitaciones. Es un diálogo de amor. La oración no la hacemos nosotros solos, es el mismo Dios (sin que nos demos cuenta) el que nos transforma, nos cambia. Podemos preguntarnos, ¿cómo? Aclarando nuestro entendimiento, inclinando el corazón a comprender y a gustar las cosas de Dios. La oración es dialogar con Dios, hablar con Él con la misma naturalidad y sencillez con la que hablamos con un amigo de absoluta confianza. Orar no es sino la consecuencia lógica de creer. Todo creyente lo es en tanto se encuentra con Dios, con Cristo, que de un modo u otro llama a su puerta (Ap.3, 20) y le abre.

La historia está llena de casos: un buen día Cristo se hace el encontradizo con Juan, Andrés, Pedro, Mateo, Zaqueo, María Magdalena, Pablo, Agustín, Bernardo, Teresa, Juan de la Cruz, Ignacio, Carlos de Foucauld… y se van con Él. Se fían de Él. Creen en Él. Este tipo de encuentros, lógicamente, sólo se da en clima de amistad. Una amistad que irá creciendo en un constante abrirse, interesarse, conocerse, necesitarse y darse, constante y desinteresadamente. La forma de manifestarse esta amistad suele ser doble: una, más habitual, como implícita o subyacente; la otra, más concreta, más puntual y palpable. Por ejemplo: entre dos esposos que se aman, todas las acciones que ejecuten los dos durante el día, irán teñidas del cariño del uno por el otro. Se tienen fe, decimos; y es que este cariño latente y habitual lo podemos comparar con nuestra fe.

Por eso lo lógico es que todo el mundo tienda a manifestar aquello que lleva dentro. Por eso, estos mismos esposos estarán esperando el momento de estar juntos, de poder dedicarse algún tiempo en exclusiva para poder expresarse abiertamente su cariño. Es este el modelo de amistad concreta y palpable de la que hablaba antes; un ejemplo cercano de lo que es Oración: Un diálogo amoroso en el que cada uno goza con amar al otro, y con la seguridad de sentirse, a su vez, amado por él. Amor que se manifiesta a través de un lenguaje hecho de silencios, gestos, palabras, con que pedirse algo, darse algo, agradecerse algo, alabarse por algo o, simplemente, con sólo estar cercanos, contemplándose el uno al otro. Orar es, pues, experimentar a Dios dentro de una relación amorosa. Una relación en que -al llevar Él la iniciativa- casi se convierte en… “…el arte de dejarse querer”.

El que se deja amar sólo puede corresponder amando y si alcanza el amor verdadero no puede ocultarlo; porque el amor se celebra, se comunica, se vive. Para que todos lo disfruten. Por eso el amor no es para raquíticos, ni para egoístas, sino para generosos; es para los que son capaces de entregarse, no de dar cosas sino de darse. Desde aquí se entiende bien cómo Dios arrebata totalmente a aquellos que se ponen a su disposición; Él no quiere cosas nuestras ¡Qué podemos darle! Nos quiere a nosotros y nos quiere donados.

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Conocernos para poder conocerle

Conocemos tantas cosas de Dios… la creación toda… las múltiples fases pacientes pero constantes y arriesgadas para, paulatinamente irse mostrando, como el que va triturando cada vez un poco menos la papilla hasta hacer que el bebé mastique y sienta que es él el que degluta, el que descubre, el que encuentra.

Por eso, fíjate bien, la primera realidad que hemos de conocer es a nosotros mismos. Porque no se puede amar lo que no se conoce, por tanto conocernos, para poder conocerle y amarle puede acabar siendo en el orante una misma cosa, o dos inseparables. Y es que, no podemos ponernos delante del Señor presumiendo de lo que no somos, sino aceptando lo que realmente somos. Sólo desde el profundo realismo con que Él me conoce, pero que yo tengo que reconocer, puedo percibir y disfrutar de su presencia.
Es muy importante percibirse como criatura limitada. Presentarse ante el Dios de la misericordia conscientes de nuestro pecado, de nuestra pobreza radical y a la vez sabedores de su generosa ternura, es disposición fundamental para abordar la oración. Recuerda la parábola del fariseo y el publicano (Lc. 19, 9-14). La oración del fariseo es rechazada porque es fruto del orgullo espiritual. Hace cosas loables en sí mismas, pero con intención torcida. El publicano, en cambio, reconoce su propia indignidad, por eso pide perdón. Es realista, no se compara con nadie y Dios le mira con compasión. La suya es una oración humilde, y, por eso, es escuchada y recibe justificación.

La oración, es ese momento privilegiado en el que tomamos conciencia de nuestra miseria, capacitándonos para darle la espalda y volvernos a Dios, porque la purificación y la santificación del pecador no son asuntos humanos, sino obra de Dios. ¡Oh Dios, crea en mí un corazón puro! (Sal. 50). Es don de Dios, don gratuito que nosotros no sabemos ni merecer, y que se nos concede cuando nos atrevemos a creer. Y eso es lo que es grande a los ojos del Señor, que tengamos una idea tan elevada de Él que no dudemos en creer en su misericordia. Y lo realmente grave a los ojos de Dios, es que como el hijo mayor, nos escandalicemos de su misericordia, y no veamos en ella más que una falta de dignidad o incluso un insulto a la Justicia. Por eso la raza de los fariseos nunca logrará comprender.

Los seres humanos, por más que nos creamos, no podemos santificarnos a nosotros mismos, ni por los sacrificios, ni por el esfuerzo, ni por nuestras proezas morales. No lo olvides jamás; para hacer oración hay que ser hiperrealista, hiper-humildes y hacer consciente la pequeñez de criatura y la grandeza del creador.

Recuerda aquello de que “hay que hacerse como niños…” y te cuadrará todo.

Hemos de hacernos pequeños para poder crecer.
Un abrazo.
Ángel-Daniel

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